«Correr», La Novela De Echenoz Inspirada En Zatopek

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emil-zatopek1El deporte de nuestros días tiene poco o nada que ver con el de medio siglo atrás, sobre todo en cuánto a su repercusión mediática o la parafernalia publicitaria que rodea a sus figuras de primera línea mundial. Citemos un Leo Messi, un Tiger Woods o un Kobe Bryant. O, tiempo atrás, un Maradona o un Jordan. Ejemplos, simplemente, para los que no están familiarizados con el día a día del deporte… Bueno, Emil Zatopek era -deportivamente hablando- un coloso de esa misma estatura hace medio siglo. Pero hablar de profesionalismo en el atletismo era un sacrilegio. Y hacerlo bajo el régimen socialista de la Checoslovaquia de entonces, mucho más. Por eso, de Zatopek podrían recordarse máximas que hoy suenan como ingenuas: «Grande es la victoria, pero más grande es la amistad». O aquella otra: «El atleta debe correr con sueños en su mente y esperanzas en el corazón, no con dinero en sus bolsillos».

En lo personal, tenemos un recuerdo muy cálido de Zatopek en su visita a Buenos Aires, en el ’83. Cada autógrafo estaba acompañado por frases de ese tipo y por un divertido dibujito que llevaba su patente: Zatopek corriendo y, detrás, en su persecución, una mujer que lanzaba la jabalina. Era su propia esposa, Dana Ingrova, también campeona olímpica.

La portentosa figura de Emil Zatopek -uno de los atletas más grandes de la historia- regresa ahora a los primeros planos con la aparición, en clave de novela, de «Correr», obra del escritor francés Jean Echenoz (ed. Anagrama).

Si bien Zatopek marcó una época -por sus récords, sus medallas, su revolucionario sistema de entrenamiento y su llamativa forma de correr- la bibliografía sobre su figura es escasa. En realidad, quedaron exhaltaciones y panegíricos, pero poco más acerca de un hombre cuya vida misma es una novela y que atravesó pasajes fundamentales bajo las más temibles dictaduras: el nazismo y el comunismo.

Echenoz, quien anteriormente había «novelado» la vida de Ravel, confiesa que se vio atrapado por la saga de Zatopek, pero que prácticamente no conocía nada del atletismo, ni es un habitual seguidor de los deportes.

«En realidad, el deporte no me interesa demasiado. Después de escribir el libro sobre Ravel, pensé en enfocarme en un deportista mítico, un ciclista o un piloto de Fórmula 1. Pero después busqué un deporte más humilde, más simple. Y cuando empecé a investigar sobre Zatopek, me interesó mucho más: no se podía desgajar su figura de los regímenes autoritarios bajo los que vivió: el nazismo y luego, el socialismo» le explicó el autor a Babelia, el suplemento de El País.

La obra de Echenoz -que tiene el ritmo de un «galope» como la corrida misma de Zatopek- abarca desde la adolescencia, cuando las tropas motorizadas del Reich fascista invaden su país, hasta el final de la Primavera de Praga, que marca también la condena del corredor. Este, más adelante, alcanzaría a disfrutar de una postrera reinvindicación…

Como el propio Echenoz aclara que «mi libro no es, estrictamente, una biografía», conviene ubicar entonces la dimensión real del corredor. Mencionemos, por ejemplo, que Emil Zatopek fue capaz de ganar las tres distancias de las carreras de fondo (5.000 y 10 mil metros llanos en la pista, y el maratón) en una misma edición de los Juegos Olímpicos. Ello ocurrió en Helsinki, en 1952. Nunca antes -y nunca después- otro atleta fue capaz de semejante hazaña. Y de hecho, apenas uno lo intentó: el finés Lasse Viren, en Montreal (1976), donde obtuvo las pruebas de pista, pero quedó quinto en el maratón.

Cualquiera entiende el esfuerzo supremo que representa correr un maratón (42 km. y 195 metros). «Muchachos, hoy vamos a morir un poco», les anticipaba Zatopek a sus adversarios antes de lanzarse a esa aventura, en la que él mismo no contaba con ningún antecedente. Recordemos, de paso, que en esos Juegos, sólo la presencia de un Zatopek invencible evitó que un argentino volviera a proclamarse campeón olímpico: Reinaldo Gorno, oriundo de Corrientes, fue su escolta (cuando Zatopek nos visitó en 1983, se reencontró y se abrazó con Gorno… pero ya es otra historia, que no figura en la novela).

A lo largo de su campaña, Zatopek mejoró 18 récords mundiales en distancias que iban desde los 5.000 metros hasta los 30 km. Pero la prueba de los 10k era su favorita y fue el primer hombre en correrla por debajo de los 29 minutos. Obviamente, sus marcas de aquella época ahora -cuando la marea africana arrasó con todo lo escrito y conocido en el atletismo de fondo- ya no llaman la atención.

Pero, en su época, era un revolucionario. Impuso un sistema de entrenamiento, para el que fue prácticamente autodidacta, con series de velocidad y escaso tiempo de descanso que -a la vez- le daban mayor consistencia a sus carreras largas.

Su estilo desgarbado, con la cabeza inclinada y la lengua afuera, estaba alejado de la ortodoxia del atletismo de fondo, tanto la anterior (dominada por los oriundos de Finlandia) como la de nuestros días (copada por los africanos). Para Echenoz «hay un lado ascético, casi monástico, en esa manera de correr».

Prácticamente imbatible desde su aparición hacia 1946 hasta su retiro, doce años más tarde, tantos éxitos y esfuerzos le valieron el apodo que lo inmortalizó: «La locomotora humana».

Muchas de estas descripciones -íntimas y humanas- emergen en la obra de Echenoz. Pero como el mismo escritor explica «el Zatopek del que hablo no es el verdadero Zatopek. Lo que hice fue apoderarme de alguien real y manejarlo como un personaje de ficción, como en mis otras novelas. He intentado ser lo más fiel a su biografía. Pero como novelista, me concedí un margen de libertad».

El valor del libro se encuentra justamente en la fibra del personaje, que Echenoz nos transmite (el chico de familia humilde, el obrero, el atleta, el soldado). Y, sobre todo, en el contexto político. Una vez que Zatopek asombra por su rendimiento deportivo, el Estado socialista decide apoyarlo. El hombre le había dado a su país la primera medalla dorada de su historia en el atletismo olímpico. A la vez, deciden tenerlo bajo control: lo sacan de su puesto de trabajo en la fábrica de zapatos Bata para otorgarle ascensos como militar y permitirle concentración plena en sus entrenamientos.

Otro pasaje que hoy resultaría curioso es la condición casi humilde y casi penosa en la que llegaba a veces a competir, con un equipamiento precario y después de viajes agotadores. Y cómo se sobreponía a todas las adversidades. Para un corredor de elite en nuestros días, rodeado por los mayores cuidados y la tecnología de punta, aquello suena a un cuento.

Echenoz describe bien los condicionamientos políticos, que también vivieron otras figuras del deporte bajo el mismo régimen en distintos países: «Zatopek corría para huir de la dictadura y, a la vez, era un símbolo. Era un ejemplo y un rehén al mismo tiempo. Su carrera es una manera de lucha».

Sin embargo, esta es una interpretación del autor. No hay demasiados testimonios del propio Zatopek acerca de sus sentimientos, pese a que disfrutó de los últimos años en plena libertad.

Lo cierto es que, cuando los tanques rusos invadieron Praga en la Primavera del 68 -y acabamos de ver entre nosotros la maravillosa exposición de Houdelka reflejando ese momento- Zatopek se manifestó junto a su pueblo. La condena fue dura: si al premier Dubceck lo enviaron a cuidar jardines, a Zatopek le quitaron su traje de coronel… y le ordenaron recoger basura y, luego, a trabajar en las minas de uranio.

Con el tiempo, y aún en la época socialista, esa condena se fue atenuando. Le permitieron algunos viajes al exterior y disfrutar del reconocimiento. Este, en plenitud, llegaría en sus últimos años, con un país distinto una vez que se desplomó el socialismo. Ya la República Checa gobernada por Vaclav Havel le otorgó la Orden del León Blanco (la máxima distinción) y lo proclamado como el «Deportista del siglo». Al morir hace una década por un derrame cerebral, a los 78 años, aquellas glorias eran plenamente reconocidas.

Echenoz explica que, cómo bibliografía, su única fuente fue la colección del diario deportivo L’Equipe y que no entrevistó a ningún testigo de aquellos momentos de Zatopek. La conclusión es una «película a cámara rápida» sobre un hombre y su tiempo, sobre un campeón y sus condicionamientos. O, si se prefiere, tal como describió Philippe Lancon en Liberation «un libro sobre la inocencia, ejemplar en todos los sentidos de la palabra».

 

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