Florence Griffith-Joyner: los récords que deslumbraron al mundo y una muerte “joven”, misteriosa y llena de sospechas

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Por Mauricio Codocea.- La encontraron muerta en su cama el 21 de septiembre de 1998. Justo ella, la mujer más veloz del planeta, la dueña de los récords increíbles, yacía inmóvil en su lecho a los 38 años. Elevó el atletismo a una popularidad vital. Fue imagen, modelo y referente. Este lunes se cumplió 22 años del triste y doloroso final de Florence Griffith-Joyner, una deportista que dejó huellas. Y no sólo sobre el tartán.

La estadounidense fue un ícono deportivo en los 80, pero dejó el atletismo tan pronto como puso al planeta a sus pies al convertirse en la reina de la velocidad, hito que hasta hoy no fue igualado -y que está manchado de sospechas-, y cumplió con la vieja frase “vivir rápido y morir joven“.

Una semana antes de los clasificatorios olímpicos para Seúl 1988 había marcado un tiempo de 10s99 en un entrenamiento de los 100 metros. Un buen registro, pero lejos de los 10s76 que había establecido Evelyn Ashford.

Fue entonces que Flo-Jo conmocionó al mundo del atletismo: de forma completamente inesperada (incluso, los 200 metros eran en teoría su mejor prueba), detuvo el cronómetro en los cuartos de final de los trials de Indianápolis en 10s49. Acababa de destrozar el anterior récord del mundo, bajándolo en 27 centésimas.

Florence no se quedó ahí: en la semifinal hizo un tiempo de 10s70 y en la final registró 10s61. Es decir, logró en tres carreras seguidas los tres mejores tiempos de la historia en la carrera estrella del atletismo. Más tarde llegarían los Juegos Olímpicos.

Tal gesta no estuvo exenta de polémica y de sospechas. Una de las primeras razones para la duda fue el funcionamiento del anemómetro, herramienta que se introdujo a partir de 1936 para medir el viento.

Para que los récords mundiales puedan ser homologados, la “ayuda” recibida de los atletas por parte de ese factor de la naturaleza no puede ser mayor a los 2 metros por segundo.

Misteriosamente, en los cuartos de final en que Florence marcó los 10s49, el registro del viento fue de 0 m/s. Algo poco habitual y más aún en aquella jornada del 16 de julio de 1988: en las cuatro carreras anteriores y la última del día, la medición había oscilado entre 2,7 y 5 m/s, registros que hubieran invalidado cualquier récord.

Pocos minutos antes de la carrera en la que marcó el récord, la medición en el foso paralelo a la pista, el del triple salto, marcó un viento a favor de 4,3 m/s. El aeropuerto más cercano reportó vientos de más de 30 kilómetros por hora.

Un informe que el científico Nicholas Linthorne elaboró en 1995 para la Federación Internacional de Atletismo  afirmó que tuvo que ser imposible que Griffith-Joyner estableciera su plusmarca con un viento “legal”, ya que la velocidad se debió ubicar entre los 5 y los 7 m/s.

¿Cuánto “ayuda” esto a un atleta? Según los cálculos del físico australiano, un viento semejante le habría permitido a Flo-Jo correr casi 40 centésimas de segundo más rápido, lo que indica que si efectivamente no hubiese habido viento al momento del récord, Griffith habría sido casi una décima más lenta que el récord de Ashford.

Richard Hymans, estadístico que escribió distintas publicaciones sobre récords para la IAAF (hoy World Athletics), incluso afirmó en 2003, en uno de sus textos para el ente oficial, que los 10s49 “no deberían haber sido ratificados”. Los tiempos de Florence en la semifinal y en la final sí estuvieron en los márgenes permitidos.

Eventualmente, a las pocas semanas, en los Juegos de Seúl, Griffith-Joyner se llevaría todos los laureles y las medallas, con el oro en los 100, 200 y la posta 4×100 metros, además de la plata en 4×400.

En los 200 metros de la cita olímpica hizo algo parecido a lo del Preolímpico, aunque esta vez sin anemómetros confusos: estableció el récord mundial en la semifinal, con 21s56, para batir su propia marca en la final, con 21s34. Ambos registros persisten hasta la actualidad.

Barrios bajos y exposición alta

Séptima de los 11 hijos de Robert y Florence Griffith, Florence Delorez había comenzado a correr de pequeña. A los 7 años la invitaron a participar de entrenamientos en la Fundación Sugar Ray Robinson, destinada a chicos sin mayores oportunidades, y pronto se destacó entre sus pares.

Su promisoria situación personal con el deporte no la eximió de las dificultades económicas que atravesaba la familia, que -sin el padre- se había mudado a un pequeño departamento en un condominio de viviendas sociales en Watts, un barrio olvidado del sur de Los Angeles, habitado en su mayoría por personas negras de clase trabajadora, pero también con una fuerte presencia pandillera.

En 1988 recordó aquellos días de infancia y juventud con el Los Angeles Times. “Nos llamaban ‘los chicos del desierto’”, explicó a causa de que su papá, ya divorciado de su madre, solía llevarlos a su casa en el desierto de Mojave. “Y nos llamaban de maneras peores -aseguró-. Se reían de cómo me vestía, de los muebles de mi casa”.

Ya crecida, Griffith buscó trabajo y consiguió entrar en un banco, en el que permaneció incluso después de ser medallista olímpica. En 1984, como “local” en Los Angeles, se había quedado con la plata en los 200 metros, pero no abandonó aquel puesto que incluso la había hecho renunciar a la posibilidad de incorporarse a la prestigiosa UCLA, a la que igualmente terminaría asistiendo gracias a la insistencia del legendario entrenador Bob Kersee.

Para entonces, Florence no sólo se destacaba por lo que hacía corriendo. Desde chica se interesó en la moda, lo cual también la había llevado a trabajar como estilista y manicura para arrimar algunos dólares más a casa. “No podía esperar a crecer -explicó ya consagrada-. Le usaba las cosas a mi mamá, me ponía sus tacos, me hacía desastres en el pelo. Veía novelas, jugaba a la casita, a ser señora, a ser madre”.

Así, ya atleta se animó a desestabilizar los esquemas, llevando a la pista su propia versión del new wave y el glam rock que calaban hondo en los jóvenes en aquellos 80 tan pop.

Y no fue un detalle menor. Griffith, que cuando hacía esos juegos de niñez combinaba colores y estilos, empezó a diseñar sus propias prendas. Por accidente -quería hacer agujeros y terminó haciendo un corte excesivo- llegó a los pantalones cubiertos en sólo una pierna. Corría con el pelo suelto, se maquillaba, se dejaba las uñas de las manos larguísimas (hasta 10 centímetros) y las decoraba de diversas formas.

Florence llenó de color el atletismo femenino y aunque al mismo tiempo debía soportar no pocas estereotipadas críticas raciales, se convirtió en ícono al desafiar -sin proponérselo, pero lo hizo al fin- las retrógradas ideas que estigmatizaban, por ser “menos femenina”, a la mujer deportista en general y a la mujer negra deportista en particular.

No sería la única puerta que abriría.

Al sostener con su velocidad todo lo que llamaba la atención con sus extravagantes looks, aparecieron otras oportunidades. En aquellos tiempos seguros recordó a la maestra que le dijo que no podía ser buena si se enfocaba en muchas cosas. La pequeña Florence soñaba ser esteticista, diseñadora, artista, poeta. “Cuando me dijo que no podía, sólo aumentó mi determinación”, aseguró.

Después de marcar el récord mundial de los 100 metros y antes de los Juegos Olímpicos, su nuevo manager, Gordon Baskin, le prometió varios miles de dólares por algunos eventos y comerciales en Europa, aunque debieran resignar el foco de lo que vendría en Seúl.

Su elección por los Juegos fue acertada no sólo deportiva sino también comercialmente. Tras su consagración olímpica le llovieron los pedidos de medios y los ofrecimientos de marcas.

Fue ella quien cambió los paradigmas y vale un ejemplo que lo demuestra: al cabo de Los Angeles 1984, año en que se permitió a los atletas cobrar por contratos de patrocinio, la estrella de la gimnasia Mary Lou Retton firmó vínculos que le reportaron casi 5 millones de dólares.

Jackie Joyner-Kersee, cuñada de Florence a la vez que múltiple ganadora de oros olímpicos y mundiales en heptatlón y en salto en largo, en tanto, apenas si había podido contar un puñado de dólares.

La gloria deportiva y las oportunidades de negocios hicieron que Griffith-Joyner decidiera pegar un portazo sorpresivo para dedicarse justamente al diseño.  Y uno de sus trabajos más icónicos es uno que los amantes de la NBA seguramente recordarán, aunque tal vez no conozcan el origen: el uniforme que Indiana Pacers utilizó desde principios de los 90 hasta la segunda mitad de esa década.

Fue una pasante que trabajaba en la franquicia quien tomó uno de los diseños de Florence, que vio en una revista, hizo un montaje en la camiseta del equipo y no hubo más que llamar a la ex atleta para ofrecerle el trabajo.

La casaca acompañó los mejores años de unos Pacers que más de una vez lucharon ante los Chicago Bulls de Michael Jordan.

En 1993, el por entonces presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, la nombró co-titular del Consejo Presidencial de Aptitud Física.

Florence no quiso saber nada, pese a que sabía muy bien lo que significaba hacer “varios miles de dólares” en apenas un par de días, después de haber tenido que trabajar a destajo para llegar a cobrar 18.000 dólares por año.

Un final con tantas suspicacias como su carrera

En la mañana del 21 de septiembre de 1998, la línea 911 recibió un llamado de Al Joyner, quien les indicaba a los operadores que su esposa estaba inconsciente, sin respirar. Nada se pudo hacer cuando llegaron los servicios de emergencia a la casa de Mission Viejo: Florence Giffith-Joyner, a los 38 años, había muerto.

Su trayectoria no había estado al margen de las suspicacias. Especialmente cuando anunció su retiro, a los 29 años, una semana después de que se hiciera oficial la aparición de los controles antidopaje fuera de competencia. Entonces, Flo-Jo había justificado la decisión: “No tengo tiempo para mis otros intereses y estoy buscando otras cosas en mi vida”.

Anteriormente había asegurado que iba a correr hasta 1990, que se retiraría entonces si nadie lograba romper sus marcas y que quería conseguir el récord mundial de los 400 metros. Al descartar esa idea, explicó: “Podría lograrlo, pero me tomaría uno o dos años más”. En aquel momento anhelaba escribir una novela y soñaba convertirse en una Chica Bond.

Al momento de su muerte, desde algún lado surgió la versión de que la ex atleta había fallecido a causa de un problema cardíaco. Se dijo que su corazón tenía un tamaño excesivo y que tal condición sólo podía deberse al uso de drogas para la mejora del rendimiento. Lo hicieron trascender colegas, lo reprodujeron medios… no lo comprobó nadie.

Se escribieron y se expresaron un sinfín de acusaciones sobre la atleta que ni siquiera los resultados de la autopsia, que confirmaron que había muerto a causa de una asfixia al quedar boca abajo, contra su almohada, cuando sufrió un ataque de epilepsia, pudieron detener.

Las pruebas toxicológicas también mostraron que la ex deportista no tenía en su cuerpo drogas recreativas ni deportivas. Ni siquiera alcohol. Sólo había tomado un paracetamol y un antihistamínico.

El jefe de la oficina forense que estuvo a cargo de la autopsia de Griffith-Joyner afirmó que no había encontrado ninguna anomalía en el corazón de la mujer, que era “normal para una atleta en buen estado”.

Ninguna de esas razones modificó el pensamiento de muchas de sus colegas, que durante el recorrido de Griffith-Joyner en el atletismo, siempre fuera de micrófono, se quejaban ante la prensa y les exigían “contar la verdad”, señalaban sus músculos, hablaban de hormonas. La recordwoman, que nunca dio positivo un control, se defendió: “Nunca usé esteroides, no me gustan las drogas, estoy a favor de los exámenes y me he puesto a disposición de que me hagan análisis en cualquier momento”.

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