Una leyenda del atletismo argentino cuenta la pelea desde la primera línea de combate contra el coronavirus en España

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Fuente: Clarín Deportes.- Griselda González fue hasta hace un mes la dueña del récord nacional en maratón y la mejor en la distancia durante décadas. Afincada en España, dejó su trabajo para ser enfermera en el Hospital Puerta de Hierro en Madrid.

El Hospital Universitario Puerta de Hierro es uno de los centros públicos de salud más importantes de Madrid, la ciudad española más golpeada por el coronavirus. Y allí, en uno de los epicentros europeos más grandes de la pandemia, hay una exatleta argentina que está poniendo su granito de arena para colaborar en la lucha contra el COVID-19. Griselda González, ex maratonista olímpica y dueña hasta hace poco más de un mes del récord nacional en la prueba de los 42,195 kilómetros, trabaja como auxiliar de enfermería en ese hospital y vive desde adentro la dura crisis sanitaria que azota a todo el mundo.

Instalada en Madrid desde hace más de dos décadas, cuando el virus comenzó a expandirse con rapidez en el país ibérico, González no dudó en moverse para ayudar desde su lugar. Con 54 años, dejó su trabajo de más de 10 años como jefa de planta en una residencia para ancianos y hace dos semanas se sumó al personal del hospital, que acondicionó la mayor parte de sus pabellones para pacientes con COVID-19. Entonces, su modo de ver la enfermedad cambió completamente.

«Llegué al hospital y entré a una planta que es solo para coronavirus. Entonces me empecé a dar cuenta de que a veces cuando se habla de cifras de contagios y muertes en televisión, se deshumaniza mucho el tema. Para nosotros no son números, para nosotros son Felipa, Francisca o César. Para nosotros son rostros de personas que fueron evolucionando mejor o peor, personas a las que les dieron el alta o que tuvieron que llevar a la UCI. Algunos que te enteras después que han fallecido, que es lo más doloroso», le cuenta González a Clarín, a la distancia.

Como auxiliar de enfermería, su trabajo es parecido al que hacía en la residencia. Se encarga de tomar la temperatura, controlar algunos signos vitales, llevar las comidas, ayudar a mantener el orden en las habitaciones y cualquier otra cosa que las enfermeras puedan necesitar. Aunque para Griselda, hay un aspecto de su tarea diaria que sobresale en esta situación tan especial.

«La parte humana es muy importante. Como por esta enfermedad no se permite a los familiares que tengan contacto con los pacientes, la gente está aislada. Está alejada de su familia, de sus amigos, de sus afectos. Es lo peor para los pacientes. Por eso, el acompañamiento y la comunicación con ellos es muy importante», reflexiona.

González explica que desde que llegó por primera vez a su pabellón en el hospital, con capacidad para 48 camas, el movimiento de pacientes es constante.

«Se dan de alta a algunos y generalmente al día siguiente se vuelve a llenar la planta. Aunque no todos llegan por Urgencia y son nuevos contagios. También se trasladan desde otros hospitales para que estén menos saturados. No me sorprendió lo que encontré cuando llegué al hospital por primera vez. No fui con los ojos cerrados y tenía consciencia de lo que podía hacer el virus por lo que había visto que ya había pasado en Italia y China», asegura.

Y relata: «Te vas a tu casa después de un turno y cuando vuelves al día siguiente te enterás que a tal persona la tuvieron que llevar a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI), que esta otra ha empeorado, que a esta la han dado de alta. La evolución de esta enfermedad puede ser muy rápida o muy lenta. Hay gente que parece estar fenomenal y sabés que tiene coronavirus. Y tal vez en otra habitación, uno está muy bien -o lo bien que puede estar en esta situación-, respirando solo, sin asistencia; y otros están peor y necesitan las gafas nasales -NdR: en Argentina, oxígeno por bigotera- o las máscaras con reservorio de oxígeno. Los casos más extremos igual los llevan a la UCI porque los intuban. Cada paciente es un mundo. No es fácil, pero hay que manejar cada situación diferente».

En contacto constante y directo con pacientes infectados, el riesgo de contagio al que se exponen González y sus compañeros es grande. En su planta, al menos por ahora, no se contagió ningún médico, enfermero o auxiliar. Pero ya hubo casos en el hospital. Ella asegura que no siente miedo, aunque sí respeto.

«Creo que estamos haciendo un trabajo muy importante y necesario. Y si sintiera miedo, no podría hacerlo. Tenés que ser consciente del peligro, pero no pensarlo todo el tiempo. Estamos en una situación difícil, trabajando en condiciones excepcionales que nadie esperaba. Pero cuando estoy en el hospital, me concentro en trabajar. No tengo un miedo paralizante de contagiarme. No voy a obsesionarme y ponerme 50 pares de guantes. Sí voy a actuar con respeto por lo que está pasando y a tomar todas las precauciones. Y cuando veo a las otras auxiliares y a las enfermeras, veo que todos actúan igual, tratando de hacer lo mejor posible», cuenta.

¿Cómo hace para mantener la calma en una posición tan estresante y no dejarse avasallar por la magnitud de la crisis? «Me lo preguntan mucho y no lo sé… Tal vez el haber trabajado tantos años como atleta profesional me haya preparado para algo así, aunque no se parezcan en nada las dos situaciones», analiza.

González vive en Madrid con su esposo y su hija menor, de 14 años. Y es en ellos en quienes más piensa cada vez que sale de trabajar y regresa a su casa. «Lo que sí te da un poco de miedo es contagiar a tu familia. Entonces tomo más medidas de precaución para protegerlos. Al salir del hospital, me baño. Llego a mi casa, me saco los zapatos, los limpio y los dejo en la entrada. Me vuelvo a duchar, me saco toda la ropa y la lavo. Y si no es para el trabajo, solo salgo una vez por semana o cada diez días a comprar lo que necesite», comenta.

Y recuerda: «Cuando le conté a mi familia que iba a trabajar en el hospital hubo diferentes reacciones. Mi esposo me apoyó. Mis hermanas no estaban muy de acuerdo y me dijeron que me cuidara mucho. Mi hermano me dijo que estaba loca. Y a mi madre, que tenía mucho miedo por la enfermedad, no se lo dije. Se enteró hace unos días cuando salió la primera nota sobre esto en los medios. Pero era lo que quería hacer. Lo que sentía que tenía que hacer».

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